la voz de las EXPERTAS

GARA MUÑOZ SUÁREZ

Soy Gara Muñoz Suárez, me preparo para ser Personal Shopper y Coach de Estilo, y en mi  cuenta de Instagram comparto claves de salud mental y de moda, para que ambas sean nuestras aliadas.

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@gara_musu

Dejémonos de falsa modestia: hay muchas cosas que se me dan bien. Y hay una que se me da FATAL: cumplir órdenes.

En serio, soy una sumisa HORRIBLE. Hasta cuando es divertido. No me gustan las normas rígidas. Especialmente con la MODA. 

La moda está ahí para ayudarme. Para comunicar mi personalidad y mis intereses. Para hacerme ser todo lo que yo quiera ser. 

No para ser como nadie. Solo me faltaba, vamos.

No se engañen, me encanta la moda, la amo. Creo, de verdad, que la moda puede ayudarnos a sentirnos mejor. Pero no soy una víctima de la moda. 

Es justo al revés. La moda es mi víctima.

 

Me gusta decir que mi vida da vuelcos totales cada cierto tiempo. Básicamente, porque lo hace. 

Y esos vuelcos conllevan siempre una evolución de cómo entiendo y cómo consumo la moda.

En la adolescencia (que para mí dura hasta pasados los 20 años y, si te paras a pensarlo, para ti también, no mientas) estaba  totalmente desubicada en una sociedad cuyos cánones de belleza dictaban una moda en la que yo no cabía. BIEN, estupendo. “Entonces seré sexy. SUPER SEXY. Enseñaré tanta teta y tanto culo que nadie verá mi barriga. Ni siquiera yo. Recorreré tiendas de todo tipo buscando faldas que me sirvan para después  cortarlas yo misma y hacerlas minis, ignoraré las miradas de dependientas de algunas tiendas “para flacas” y me probaré cada top elástico que encuentre así muera intentado probármelo. Aunque tenga que cortarle escote con mis propias manos. Bueno, con mis propias tijeras. A lo mejor con las de mi madre”. 

Ah, bueno, también me hice con una magnífica colección de fajas y cintos anchos para tapar, disimular, y esconder. 

¿Vestía como yo quería vestir?

Se puede decir que sí.

¿Disfrutaba de ir de compras, me sentía feliz con la imagen que proyectaba? Se puede decir que no.

 

Sufría muchísimo. Cada visita a una tienda de ropa era un golpe a la autoestima. Me frustraba al ver cómo otras personas podían usar tendencias que yo no podía ni plantearme, y encima, oye, resulta que la gente seguía viendo mi barriga a pesar de todos mis esfuerzos por esconderla.

 

A mitad de los veinte, con serio sobrepeso y mucho dinero para tapar todo tipo de traumas, me adentro en el fantástico mundo de comprar ropa con la única intención de tapar mi cuerpo. Con ropa de marca, bolsos exclusivos, relojes y coches caros. Eso sí, los vaqueros elásticos que me cortan la respiración y las camisas amplias de estilo señorial son mis fieles amigos. Me había resignado a pensar que en las tiendas físicas no se trabajaba mi físico. 

Empiezo a buscar opciones online: tiendas y blogs del extranjero donde comienzo a ver que hay mujeres con las que me puedo identificar y que me cuentan que lo que me han dicho hasta ahora es, como siempre sospeché, una ristra de chorradas pensadas para hacerme sentir inadecuada. Gorda. Fea. Para mi propia sorpresa, descubro que hay mucho mundo fuera, y en ese mundo cabemos todas. Es en esta época cuando, por asuntos que nada tienen que ver con mi barriga, comienzo a ir a terapia con una psicóloga. Pero todos los caminos llevan  Roma. O, en este caso, a la barriga. Descubro que hay traumas cristalizados  en nuestra infancia que siempre acaban saliendo Aprendo que no solo he escondido mi barriga: también he estado escondiendo mi complejo de gorda. No aceptaba que me acomplejaba ser gorda. Comienzo, literalmente, a mirarme cada día la barriga, a hablarle bien a mi barriga. A hablarme bien a mí misma.

 

Cuando me acercaba peligrosamente a los veintitodos, me voy a vivir al extranjero. Con un par. Tengo una drástica bajada de peso y mi presupuesto era el de alguien que se muda a un país nuevo con 1000 euros en la maleta.

O sea, 1000 euros.

 

Ahí aprendo lecciones valiosas: reinventar mi ropa aunque me vaya grande, esperar a rebajas para comprar, entender en qué piezas merece la pena gastar más o menos dinero, darle una vueltita a cómo puedo combinar cada prenda que planee comprar. En definitiva, me seguía encantando la moda, pero priorizaba tener dinero para comer. Porque por encima de mi amor por la moda siempre estará mí amor por la comida.

Y de bola extra, descubrí que tenía la fortaleza de carácter necesaria para no perder mi estilo dentro de una sociedad para la que 15ºC es un clima adecuado para ponerse sandalias y usar kimonos de gasas como abrigo, en la que llevar las cejas pintadas con un grosor de dos dedos y la cara color naranja es algo bueno. No siempre fue fácil pero siempre que tuve frio me abrigué, mi base de maquillaje siempre fue del tono de mi cuello y, mira, resulta que allí pasé de los mejores años de mi vida.

 

Me vuelvo a casa unos años después. La felicidad me desbordaba, ya nada me podía parar y el mundo comienza a moverse conmigo. Soy válida solo por existir. No he venido al mundo para complacer a nadie, solo para vivir. Amo mi interior y así amo también todo lo externo. Incluso lo que quiero transformar en mí merece mi amor, mi aceptación. Establezco límites saludables tanto físicos como personales. He hecho las paces con mi barriga. Es mía, La quiero. 

 

Todo comienza a colocarse y ese verano se convierte en el de los mil bañadores atrevidos y divertidos, las playeras que pegan con todo, los shorts cómodos y versátiles, las camisas con transparencias, la ropa interior que me ayuda a estar cómoda, los vestidos blancos porque ningún color está prohibido…

 

Todo en mi vida me ha llevado a este punto. Y toda la formación que adquiera en adelante convergerá con estas experiencias vitales.

Leyla Portillo Jaén, todos los derechos reservados

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